Así somos

Por: Abril Victoria González

Tenía que tratarse del fin del mundo para que nos interesáramos. Quien diga que ahora dedica el mismo tiempo a leer noticias que hace tres meses miente. Sea por consumo incidental o no, desde que empezó la cuarentena y se declaró un Estado de Emergencia por el Covid-19, el miedo nos ha llevado a informarnos. 

Es así como llegué al tema de esta columna, leyendo una noticia: “Covid-19: Penas de muerte vía Zoom y otros impactos de la justicia”. El título es cuando menos impactante, la justicia al igual que todos los sistemas que conforman nuestra sociedad se está reinventando, no hay alternativa. El problema reside en que dicha reinvención, se está tardando demasiado y la justicia no espera. 

Las imágenes de las cárceles en El Salvador y Nicaragua han recorrido el mundo. En la gran mayoría de las cárceles latinoamericanas el distanciamiento social es imposible, nos encontramos ante: hacinamiento, insalubridad y degradación humana. En Colombia, Chile y Nicaragua se han trasladado miles de prisioneros a arresto domiciliario y se le ha dado prioridad a personas de la tercera edad y mujeres embarazadas. Mientras tanto, El Salvador, que además es el país con la segunda tasa de presos per cápita más alta del mundo, lleva décadas luchando contra pandillas que atentan contra el orden público. Entonces: ¿que aumente la violencia o que aumenten los casos de Covid-19?

La justicia enfrenta un verdadero reto y el impacto social resultará en impacto político. Ahora bien, los sistemas judiciales han tenido más impactos como lo son las detenciones arbitrarias y la reducción de servicios judiciales. 

En este momento hay individuos que están esperando un juicio que no llegará en un momento cercano, ¿está en su “destino” padecer Covid-19? Parece ilógico, absurdo. El hacinamiento y la falta de acceso condena a los presos a la enfermedad y a la muerte si es el caso. No hay nada más poderoso para restringir la libertad que el Estado y ahora no se restringe únicamente la libertad sino con ella la salud. La justicia también implica que todos puedan tener acceso a la salud. 

El presidente Bukele no ha anunciado una política oficial para la liberación de presos pero el tiempo corre, la “bomba de tiempo” no espera. La pandemia ha puesto a prueba la capacidad del Estado y la rama judicial, que tiene el gran reto de seguir funcionando. Es cierto que en Colombia, el Consejo Superior de la Judicatura adoptó algunas medidas para prestar el servicio de administración de la justicia, pero algunos factores como la resistencia al uso de nuevas tecnologías, la incomprensión de la oralidad, la falta de conexión a internet, entre otros, nos demuestran una vez más que el desempeño no es el mismo y la justicia no está siendo garantizada.

La virtualidad excluye a un montón de personas. Afortunadamente este no fue el caso del general Arias Cabrales, condenado por los hechos durante el operativo del Ejército para retomar el control del Palacio, a quien la JEP le concedió el beneficio de libertad transitoria, condicionada y anticipada. Hay quienes por siempre juzgarán la decisión, yo por mi parte agradezco que haya justicia. Qué contradictorio sería no concederle la libertad mientras en el congreso se sientan verdaderos asesinos impunes. Pero bueno, así somos y la vida es, cuando menos, contradictoria.

Petro y Petrina

Por: Nicolás Gómez A.

¡Que persistencia! Estos dos no se cansan de imponernos sistemas fallidos.

Creería uno que, a estas alturas del siglo XXI, tendríamos un consenso sobre que el socialismo, como sistema económico, no funciona, que las estatizaciones tienden a fracasar y que aumentar las burocracias lo único que incrementan es la corrupción a la vez que ahogan el emprendimiento productivo. Pero no, hace unos días escuche la perorata del senador Petro de la Colombia Humana, donde estableció, que debemos hablar de la economía sin pensar en el mercado y la de la alcaldesa, más preocupante aún, hablando sobre la creación de otra empresa pública de transporte para Bogotá.

Antes de seguir, debo confesar que alguna luz de esperanza tuve al comienzo de la administración de Claudia López. Aunque difiera considerablemente con ella, creo que es una líder con carácter, tenacidad y sobre todo con una admirable capacidad comunicativa. Sin embargo, creo que con la pandemia y a medida que los bogotanos conocemos sus planes para la ciudad, inevitablemente se comienza a parecer a su antecesor, el hoy senador de la república Gustavo Petro. Siguiendo el ejemplo de Petro, prioriza imponer su ideología y su agenda de poder a costa del bienestar de los bogotanos.

Como dicen coloquialmente “a otro perro, con el mismo hueso” o en este caso pareciera,  “a otro ‘Petro’, con el mismo hueso”. ¡He ahí el origen de ‘Petrina’!

¿Se acuerdan del fiasco de las basuras de Gustavo Petro? ¡Si! Ese episodio en donde de manera irresponsable e ilícita se pretendió que el distrito recolectará de la noche a la mañana el 50% de las basuras de la ciudad. Acordémonos que Bogotá duró inundada de basura por varios días y sufrimos un detrimento patrimonial de miles de millones de pesos. Todo por una supuesta gesta (ideológica más no práctica) para castigar a los operadores privados que, según esa administración eran una mafia ‘paramilitar’ (como son todos los empresarios para el H.S Gustavo Petro).

Pero el desastroso problema que tuvo la ciudad con las basuras en manos de Aguas de Bogotá no es el único precedente que nos demuestra el fracaso de la estatización de servicios públicos en nuestro país. Esa misma estatización valga la redundancia, que tanto le encanta a Petro, y que ahora seduce a Petrina.

Lamentablemente, la historia de Bogotá y nuestro país nos da varios ejemplos del emprendimiento estatal, como el fracaso de la Empresa Distrital de Transportes Urbanos (EDTU) más reconocida por el trolebús que fue liquidada en 1995 o el despilfarro en la Empresa Distrital de Servicios Públicos (EDIS) las famosas “escobitas” que también desapareció en 1993. Existen, otros ejemplos a nivel nacional como la empresa de Ferrocarriles Nacionales que fue liquidada en 1991, debido a la mala administración gubernamental, la corrupción y la presión sindical, mismas causas que acabaron también con Colpuertos, donde la incompetencia e ineficacia de esta institución logró en 1987-1988 que puertos como Cartagena y Buenaventura solo operaran al 50% de su capacidad. También esta el caso de Adpostal que nunca pudo ser competitiva ante la evolución del mercado y que se ahogó en su propio régimen especial de pensiones impuesto por los sindicatos.

Con precedentes como los anteriores y con las propias complicaciones y predecibles ineficiencias, escándalos y prebendas sindicales que conlleva la propuesta de la alcaldesa ¿por qué hacerlo?

Todo bogotano sabe que el sistema masivo de transporte no es ideal, personalmente creo que ninguno lo es, pero al menos es funcional y vincula al capital privado en un esquema mixto que reduce el desperdicio y aumenta la eficiencia. Es un sistema que durante varias alcaldías ha sufrido desfinanciación, casi que intencional por otros prohombres de la izquierda colombiana, falta de expansión y de renovación de infraestructura. Pero aún así en la medida de las circunstancias funciona y cumple un nivel relativo de eficiencia. Pero me resulta difícil o mejor dicho imposible creer que la solución es convertir el sistema masivo de transporte en una gigante burocracia.

Bogotá desde antes, y ahora con esta crisis, no puede aguantar otra fallida estatización que, como la de Petro, genere otra década de retraso adicional al ya acumulado que llevamos. No puede ser que la alcaldesa, que pavonea su mentalidad de renovadora, encuentre que la única solución es repetir lo que ya ha fallado en el pasado. ¡Qué ego! Como quien argumenta que “el socialismo” no ha funcionado porque no se ha implementado correctamente, pero tiene a la vez, el cinismo de sugerir que ‘Ella’, como un nuevo Mesías o un profeta de Marx, si lo va lograr y vuelve a repetirse el desastre.

Estatizar el transporte masivo de la ciudad no desplaza la urgente necesidad que tiene el mismo de inversión y mejoramiento. Debemos reorganizar el Sistema Integrado de Transporte, que desde su concepción, durante la alcaldía del hoy recluso ex-alcalde Samuel Moreno (otro prohombre de la izquierda colombiana) y su implementación durante la Bogotá Humana hasta el día de hoy ha demostrado ser un fracaso. Ya que no se logró la interconexión del sistema, ni la reducción de accidentalidad, el mejoramiento de la calidad del servicio o su estabilidad financiera. Eso si, fuimos muy exitosos en el cambio al color azul (provisional) de los vehículos y en dejar en muchos casos intactos esos viejos motores diesel.

Pero bueno, ya para finalizar creo que entre todo este desorden, y dejando a un lado la  nostalgia e impotencia que causa el no haber solucionado este problema, se nos abre una nueva oportunidad para hacer las cosas bien. En vez de gastarnos el billón o más de pesos estatizando el sistema, por qué no lo invertimos en la transición a buses eléctricos, en el aumento de la capacidad e infraestructura, en la reorganización del sistema integrado y ojalá en algo de planificación que a veces tanto nos falta mirando hacia el futuro de nuestra ciudad y, Marx perdone, una vías nuevas por donde puedan circular mejor los buses del sistema.

La sociedad post- pandemia: ¿El fin del globalismo?

Por: Mateo Arana Brando

Si hay algo que sabemos con seguridad del incierto escenario post coronavirus, es que el mundo no va a ser el mismo. En definitiva, la “normalidad” a la que aspiramos volver, va a ser distinta a la normalidad que conocíamos antes del coronavirus. La caída en el consumo y la producción de bienes y servicios a nivel global, que ha provocado la peor recesión económica desde la Gran Depresión, es prueba de que las relaciones económicas se están transformando. En el ámbito político, la crisis ha dejado al descubierto la debilidad de las instituciones internacionales para responder a este tipo de situaciones, por lo que la mayoría de países han optado por cerrar sus fronteras e imponer medidas unilaterales.   

La fragilidad de las organizaciones internacionales quedó expuesta en el cúmulo de errores cometidos por la Organización Mundial de la Salud (OMS). En primer lugar, en enero este organismo de la ONU aseguró que no había pruebas de que hubiera una transmisión significativa del virus de persona a persona, desconociendo la naturaleza misma de la enfermedad. En segundo lugar, en distintas oportunidades, la OMS y su Director General, el etíope Tedros Adhanom, aplaudieron “la cooperación china y el liderazgo del presidente Xi Jinping”. Hoy se sabe que el Partido Comunista que gobierna el país asiático, ocultó intencionalmente la gravedad del Covid-19 a toda la comunidad internacional. Parece sorprendente que uno de los principales organismos de las Naciones Unidas rinda elogios a un gobierno que en diciembre del año pasado, investigó e instigó al médico Li Wenliang por alertar sobre la magnitud del virus, al argumentar que el doctor estaba “haciendo comentarios falsos y propagando rumores”. El médico fallecería el 7 de febrero a causa del virus del que tanto alertó.

La OMS es solo un ejemplo de la debilidad y la torpeza con la que han respondido las organizaciones internacionales ante la actual crisis. Sin embargo, desde hace varios años, es evidente que muchos de estos organismos han perdido de vista el objetivo para el que fueron creados, adoptando proyectos y posiciones ideológicas contrarias a su naturaleza.  Es el caso de muchos de los organismos del sistema de Naciones Unidas, que han abrazado el globalismo. Es importante distinguir el globalismo de la globalización. Por un lado, la globalización se refiere al proceso económico, tecnológico y en algunos casos cultural a escala mundial, que ha llevado al aumento de la comunicación e interdependencia entre los diferentes países. La globalización es sobre todo económica, y ha derivado en la división internacional del trabajo. Para que la globalización sea real y efectiva, las transacciones económicas han de realizarse de manera libre, con la menor intervención de los gobiernos que sea posible. Es evidente que la globalización es un proceso natural que se da por el desarrollo en las tecnologías de las comunicaciones y del transporte.  El globalismo, en cambio, se refiere a un proyecto político y homogenizador, que busca encontrar intereses globales y situarlos por encima de los intereses nacionales. En definitiva, el globalismo es la ideologización de la globalización, y representa una amenaza directa a la soberanía de los Estados.

Regímenes autoritarios y dictatoriales también han creado y utilizado distintas organizaciones internacionales a su antojo. Es el caso de Venezuela, que ante las denuncias de la OEA y de otros organismos regionales por la violación de derechos humanos y la carencia de legitimidad del actual gobierno, decidió crear instituciones paralelas que reconocieran su legitimidad y que respondieran a sus intereses políticos e ideológicos en la región.  De esta manera Chávez, y su sucesor Maduro, lograron crear y consolidar organizaciones como ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América), UNASUR (Unión de Naciones Suramericanas), y el medio de comunicación multiestatal TeleSur.

En definitiva, si las organizaciones internacionales desean sobrevivir en un mundo post pandemia, deberán reinventarse y volver a sus orígenes. Estos organismos deberán volver a ser garantes y facilitadores de la paz, el diálogo y la cooperación entre los diferentes países, sin vulnerar su soberanía y respetando sus intereses nacionales, siempre que estos sean legítimos. Las organizaciones internacionales deberán también entender la importancia de las tradiciones y costumbres de los distintos pueblos del mundo, y cesar en el intento de homogenización mundial. La crisis ha representado un regreso a lo local: el patriotismo, las fronteras, lo cercano. Desde esta perspectiva, parece que en la sociedad post-Covid 19 se impondrá el nacionalismo y las decisiones unilaterales sobre el multilateralismo.

El narco Estado y su pueblo hambriento

Por: Federico García Gutierrez

Como si se tratara de interpretar un papel ficticio, Nicolás Maduro recrea la estupidez socialista del siglo XXI a la perfección. ​Un pueblo hambriento, una cupula de bolsillos gordos, actuaciones ilegales movidas por el antiyanquismo ciego y el cumplimiento, casi religisoso del Manual del perfecto idiota lainoamericano (de ​Plinio Apuleyo Mendoza​, ​Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa publicado en 1996.​) le ha puesto una nueva cara a esta utopia degoyadora cuyos resultados no han sido mas que el hambre y la muerte.

Cada nuevo párrafo que se escribe en los libros de la actualidad venezolana parece poner un clavo más en su ataúd que poco espacio tiene. Su régimen parece gozar de la hambruna de su pueblo mientras se jactan de los frutos del narcotráfico con mano de obra colombiana. Como una pesadilla sin final, esta dictadura atornillada al poder parece no tener fecha de caducidad y nada es suficiente para derrocarla. ​Tras el desangro de PDVSA, el Cartel de los Soles que habita dentro del Palacio de Miraflores llena los bolsillos de sus secuaces con el auspicio de las FARC-EP enviando cargamentos de cocaína hacia los EE.UU.

También a cuestas de la corrupción en nuestro propio país, que cayó en las mentiras de una falsa paz que prometía la erradicación del grupo ilegal. Promesa vacía que no logró más que un hueco inmenso en el erario público, un nóvel para las revistas, un par de puestos sin electores en el Capitolio Nacional y la oportunidad para conseguir estadía, como en hotel de lujo, en el país vecino a quienes quisieran seguir el negocio de los ilícitos. Estos bandidos operan con holgura, camuflados bajo el Narcoestado de Maduro y siguen manchando el nombre de Colombia bajo una impunidad pactada.

Este estímulo para los detractores del ilegítimo gobierno busca ponerle punto final y que Maduro y sus coacusados salgan como los desvergonzados criminales que son. Así pues, una orden de captura, honrando el deber a la justicia, puede ser la piedra angular para derrocar esta dictadura suramericana que ha cobrado un sinnúmero de vidas de sus ciudadanos y generado crisis sociales a niveles continentales. Por las calles de Venezuela se oyen inclementes llamados de ayuda de quienes quieren elecciones libres, democracia y un respiro para su país. Este llamado retumba por todos los países que han recibido a sus ciudadanos hambrientos rebuscando un mínimo vital y vida digna.

William Barr, el procurador general de los Estados Unidos, acusa de frente y le pone precio a la cabeza de Maduro y 14 de sus funcionarios sin embargo es una acusación que no se extingue en la frontera con nuestro país ya que implica los grupos beligerantes que descaradamente usan nuestra bandera. Jesús Santrich e Iván Márquez, descarados vendedores de humo , mentiras y estupefacientes operan en la ilegalidad con apoyo del nefasto tratado que el pueblo colombiano rechazó directamente en elecciones. Es hora de abrir los ojos, y ver que la corrupción que corroe al país vecino actúa con la misma fuerza en el interior de nuestro territorio y que si no se le pone un límite a esta enfermedad del socialismo, el contagio sería inminente.