Con la cabeza enterrada en la arena

Por: Juan Jose Cataño

«To Bury your Head in the Sand», dice el diccionario de Cambridge, alude a una actitud que asume un individuo al evitar pensar en hechos que son implacenteros, a pesar de su influencia en la situación actual de la persona. En el contexto polarizante de la sociedad colombiana esta frase resuena entre quienes creemos que hay que moderar nuestras posiciones y alejarnos de lo inamovible, ello en nombre de fomentar la discusión y de, eventualmente, reconocer nuestros errores y cambiar de opinión. Precisamente de eso se trata el aprendizaje: de cambiar nuestras opiniones conforme alimentamos el intelecto con hechos, datos, reflexiones y demás. Alejarse de esa actitud, de esa disposición a ceder cuando es evidente que podemos estar parados en el lugar equivocado, es peligroso y va en detrimento de la construcción de una sociedad capaz de aprender de su pasado.

            Preocupa, entonces, que sea entre nosotros los jóvenes que se ve una mayor disposición a recurrir al insulto, a la condescendencia y a la descalificación al momento de encontrar alguien con quien no estamos de acuerdo. Basta con abrir twitter y dejar atrás las pomposas discusiones entre políticos con millones de seguidores para encontrar que detrás de ellos hay manotadas de usuarios, muchos de ellos jóvenes educados en el manejo -irresponsable- de tecnologías de la comunicación, quienes realmente enarbolan ideas con un fervor inapacible que roza con el sectarismo que por tantos años movió -y mueve-la política en Colombia.

            ¿Cómo puede ser que los jóvenes, muchos de ellos privilegiados por la oportunidad de acceder a la educación superior, se muevan entre la indiferencia y la militancia acérrima? Más allá de si las instituciones educativas son responsables de castrar la capacidad para pensar por sí mismos, hay una responsabilidad que debemos atender los jóvenes con quienes nos rodean. No podemos ceder ante este fenómeno generalizado que, además, no distingue ideologías. Milite, piense, defienda pero también escuche y más que nada, piense en si sus ideas son realmente suyas o si fue un dogma que se tragó entero en algún punto de su vida. Atrévase, claro, a pararse en los hombros de gigantes, pero no ha dejarse aplastar bajo las ideas de quienes vivieron en otros tiempos, sometiéndose a sus postulados de forma ciega.

            Estamos demasiado jóvenes para casarnos con una postura, mucho menos con aquellas que tienen aires de radicalismo, de doctrina. En ese sentido, y como lo dije en un principio, conviene alejarse de los extremos, tan frágiles ante el carisma de caudillos y lo poético de ideales anacrónicos. Ambos son ingredientes para la ceguera y la dependencia intelectual. Busquemos, ante todo, pensar de forma independiente con arreglo a fines que compartimos todos como sociedad. Moderemos nuestras posiciones, reconozcamos en el otro un interlocutor válido y hagamos de nosotros unos interlocutores que valgan la pena, recurriendo siempre a la verdad y no a errores retóricos o a la violencia. En suma: saquemos la cabeza de la arena, demos la cara y entendamos que equivocarse solo es el primer paso para aprender un poco.