¿EXISTE EL ESTADO SOCIAL DE DERECHO EN LATINOAMERICA?

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Autor: Daniel Jaimes

Estos últimos años el continente ha atravesado por una cantidad de crisis institucionales sin precedentes. Los gobiernos de todas las indoles políticas han fracasado, desde el norte mexicano con sus dos sexenios desastrosos de Calderón y Peña Nieto, pasando por el Estado venezolano de Chávez y Maduro, siguiendo por el país amazónico brasilero con sus gobiernos oscilantes pero ineficientes de Lula da Silva, Rousseff y ahora Bolsonaro, en el cono sur con la Argentina de Kirchner y Macri, y recientemente con Correa y Lenin en Ecuador, así con todos los Estados, con diferentes polos políticos, pero con los mismos resultados desastrosos.

Esto nos da una percepción muy grave de la región, y es que la democracia y las instituciones Estatales no han funcionado en Latinoamérica.  Nos da una sensación que las instituciones de occidente no son las adecuadas para nuestra gente, y que es necesario un cambio, ya sea estructural o formal, pero la necesidad es imperante.

El Estado social de derecho fue la figura adoptada por los países de occidente a mediados del siglo XX. Esta concibe al Estado en una doble vía, como un sujeto omisivo en la violación de garantías fundamentales, pero también activo, garantizando los derechos económicos sociales y culturales y fomentando la efectividad de los derechos colectivos de su comunidad. Este modelo ha tenido un éxito en los países de occidente, principalmente en Europa, debido a que este modelo de Estado ha incrementado la expectativa y calidad de vida de los ciudadanos donde se ha aplicado efectivamente este modelo de una manera sin precedentes en la historia del globo.

Sin embargo, este modelo no ha sido exitoso en todos los lugares donde se ha implementado, principalmente en la Europa mediterránea y por supuesto en Latinoamérica, que lo único que ha hecho es endeudar Estados pobres, que su población le quite aún más legitimidad al Estado y fomentar la corrupción de igual manera sin precedentes.

Ya lo dicen Acemoğlu y Robinson, que el problema de los países radica solo en dos, y no mas de dos problemas para su prosperidad, y son los mercados económicos, lo que ellos denominan los incentivos de los diferentes estados de la economía y la fuerza de sus instituciones políticas, es decir, es que tanto las personas respetan a sus gobiernos y a todo el ramaje de la administración pública que los respalda.

Los autores también proponen una figura que llaman la lógica del círculo virtuoso. las instituciones se basan en límites y una correcta distribución que se ponen al ejercicio del poder en la sociedad, consagrada en el Estado de derecho. Esto permite no solo unas instituciones fuertes, sino que además ayuda a hacer correctos incentivos a los mercados que realmente generan riqueza, que son los del sector terciario económico, es decir, la prestación de servicios y la transformación de bienes materiales para darles valor agregado.

En una región como Latinoamérica vemos que esto está lejos de ser medianamente acatado. Vemos como el banco mundial, en su clasificación del PIB Ranking, la economía de la región con el mayor crecimiento es Brasil y a su seguir México. Sin embargo, esto no demuestra nada para los indicadores de lo que llamamos la eficiencia del Estado social de derecho, que tiene mas relación con otro tipo de mediciones. Un ejemplo más concreto puede ser el índice de Gini, donde, según la misma entidad, Brasil es el 14vo país peor valorado y México siendo el 22, y en general, toda la región en este ranking ha quedado humillada, siendo el país con menor reprochabilidad Uruguay, en el puesto 55.

Otros dos ejemplos son la percepción de la corrupción y la impunidad, esto para determinar la fuerza de las instituciones Estatales. Así, transparencia internacional ha determinado que en cabeza de la región se encuentra Venezuela, siendo el 10mo país con mas percepción de corrupción en el mundo, seguido de Haití ocupando el puesto 16. Los que sobresalen son Uruguay y Chile como los mejores países ranqueados de la región.

De igual manera el índice global de impunidad elaborado por la Universidad de las Américas en Puebla, México, demuestra que igual los países latinoamericanos son los mas impunes del globo, encabezado por México en el cuarto lugar, seguido por Perú en el quinto lugar.

Todos estos indicadores no son en vano y revelan que el Estado social de derecho en Latinoamérica poco a poco se va convirtiendo en una falacia que de igual manera va empobreciendo la región.

Hay que reconocer que a pesar de todo es una región en un crecimiento económico importante, que, si bien su principal mercado es el primario, con la explotación de materias primas principalmente extractivas, poco a poco se ha dado origen a nuevos mercados para intentar impulsar otros sectores económicos, o seguir investigando los ya establecidos tanto en el mercado secundario y terciario.

Sin embargo, no hay indicio de un establecimiento de unas instituciones fuertes ni de estímulos económicos a corto plazo, tal como lo establece un correcto estado social de derecho. El ex-primer ministro británico Gordon Brown lo resumió de la mejor manera cuando ironizó que “al establecer el Estado de Derecho, los primeros cinco siglos son siempre los más difíciles”.

Así que, para concluir este pequeño artículo, desde el inicio de la imposición del estado social de derecho en Latinoamérica ha estado mal. El solo trascribir constituciones y normas del derecho comparado jamás le asegurará a una sociedad una prosperidad efectiva ni mucho menos una economía sólida.

No hay una receta para la prosperidad, pero si hay una vía, tiene que ser el esfuerzo colectivo de la región por fortalecer sus instituciones de una manera real y autentica, fortalecer la aplicación del estado social de derecho con normas realmente necesarias, útiles, y que entiendan las dinámicas del siglo XXI. También apelando a la creatividad y a la empatía que si son características de nuestra region, para aprovechar la riqueza natural y humana que tenemos y encaminar todas las herramientas que tenemos como sociedad para aspirar a ser una región rica.

Así como dice Juan Carlos Hidalgo, América Latina probablemente no tenga que esperar cientos de años para resolver estos desafíos de su desarrollo institucional. Pero entre más preciso sea el diagnóstico, más expedita será la búsqueda de soluciones efectivas.

Referencias:

  • Por qué fracasan los países: Los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza, Autores: aron Acemoğlu, James A. Robinson, Editor: Grupo Planeta Spain, 2012.
  • Índice Gini tomado por el banco mundial
  • PIB tomado por el banco mundial.
  • Ranking sobre percepción de la corrupción, tomado por transparencia internacional.
  • Índice de impunidad, tomado de la universidad de las Américas.

De pequeño a grande

Por: Felipe Rodríguez M.

Hoy quiero hablarles de dos experiencias que tuve hace unos días, muy breves y de poca relevancia, pero que me dejaron reflexionando por varios días y son las que motivaron que escribiera el presente texto.

La primera: Hace unos días iba en el carro con un amigo y nos tocó parar un tiempo porque había un camión dando la vuelta en plena calle. El señor se asomaba y entre risas nos miraba y pedía que lo esperáramos. Todos los carros de atrás pitábamos y pensábamos “Este es un descarado, un inconsciente”, no dábamos crédito a lo que veíamos: un camión obstruyendo toda la calle esperando mientras daba la vuelta.

Yo no podía creer lo que veíamos hasta que mi amigo dijo algo que me marcó, dijo algo así como: “Ese es el problema de Colombia, todos nos quejamos y criticamos el error en el otro, pero cuando nosotros lo cometemos, lo minimizamos y buscamos excusas”. La segunda experiencia fue ayer, iba con mi novia en el carro y teníamos afán de llegar al sitio al que íbamos, por lo que le pregunté, ¿hacemos la infracción y nos ahorramos unos minutos? pregunta a la que ella respondió con un rotundo no y me dijo que no valía la pena hacer la infracción para ahorrar tiempo en la llegada. Con su respuesta me llevó de nuevo a pensar en lo que había dicho mi amigo hace unos días y me confirmó que el problema de los colombianos es que nuestras faltas las minimizamos y las excusamos, las mostramos como pequeñas e inofensivas.

Y he podido ver que nosotros los colombianos tenemos muy dentro de nosotros un doble estándar para medir las acciones. El primero, uno laxo y poco exigente, que sacamos cuando es el momento de calificar nuestras acciones. Y el segundo, uno exigente y en exceso respetuoso por las leyes y la moral, que sacamos cuando tenemos que calificar las acciones ajenas. No sé la respuesta para este hecho de que tengamos ese doble estándar, no sé incluso si hay una sola respuesta para ello, solo sé que lo tenemos y que es el momento para que lo dejemos atrás, porque es en parte lo que no nos deja avanzar.

Cuando vamos a calificar nuestras acciones, siempre buscamos alguna justificación para explicar porqué bajo esas circunstancias actuamos de determinada manera. A veces nos pasamos el semáforo en rojo “Porque teníamos afán” o, peor aún, cuando nos cercioramos que no haya policías cerca antes de pasárnoslo, o nos colamos en la fila de carros porque está muy larga y tenemos una reunión importante, o porque todo el mundo lo hace. En ese momento, teniendo en cuenta nuestras circunstancias, excusamos nuestras fallas y comportamientos reprochables con mucha facilidad.

Pero ¡hay de quien ose colarse en la fila de carros cuando estamos haciendo la fila!, o pasarse el semáforo en rojo, o dar la vuelta en plena vía y nos toca detenernos. Nos pasa como me pasó a mí, que no daba crédito a la inconsciencia del señor y nos rasgamos las vestiduras e increpamos diciendo que por esto es que estamos como estamos, por esto es que no avanzamos.

Muchas veces excusamos nuestras faltas en que no le hacen daño a nadie. ¿En qué afecta a los demás que me pase el semáforo en rojo? ¿En qué afecta a los demás ‘ que les quite 10 segundos de su tiempo mientras doy la vuelta? ¿En qué afecta a los demás que parquee mi carro en la orilla de la calle un minuto mientras hago una vuelta?, es que voy de afán, es que no hay parqueadero cerca, es que, es que, es que. Y tenemos el descaro de quejarnos de la corrupción. Cuando nos pasamos un semáforo en rojo o cuando obstruimos la calle, alimentamos una cadena de pequeños actos corruptos y contrarios a la ley y que afectan el bien común que explican porqué actualmente sufrimos el flagelo de la corrupción. Cuando empezamos siendo corruptos en pequeños actos, vamos dándonos licencia para ser corruptos en cosas más grandes y en escenarios más trascendentales.

Para terminar, traigo dos propuestas a los colombianos:

La primera es que dejemos atrás ese doble rasero. Que empecemos a medir nuestras acciones con la regla con que medimos las de los demás. Exijámonos como ciudadanos, entendamos que es nuestro deber cumplir la ley tanto como es deber de los demás. Que guardemos las excusas y empecemos a actuar como queremos que los otros actúen.

La segunda propuesta es que sigamos actuando como hasta ahora pero que dejemos de quejarnos de la corrupción. Porque corrupción no es otra cosa que quebrantar la ley, que pasar por encima de ella para nuestro propio beneficio, bien ese beneficio sea ahorrar unos cuantos minutos o enriquecernos a costa del erario público. Que sigamos actuando de forma que logremos nuestros propios intereses, así eso signifique pasar por encima de la ley y de los demás. Pero no nos quejemos cuando uno más fuerte que nosotros, con mayores posibilidades de corrupción nos pase por encima, porque ese es el precio a pagar si seguimos como vamos, que el más fuerte se imponga sobre el más débil, y podemos estar completamente seguros de que siempre habrá alguien más fuerte que nosotros.

Lo importante es que debemos cambiar una de dos cosas, o nuestra forma de actuar o nuestra quejadera, porque juntas son incompatibles. Porque no vamos para ningún lado si nos quejamos de nuestros mismos actos en cabeza de otros, pero no cambiamos nuestro actuar. De pronto no debamos seguir luchando contra la corrupción sino abrazarla como un pilar de nuestra sociedad. O de una vez por todas entender que cualquier batalla contra la corrupción empieza necesariamente en como nos comportamos.

El tiempo corre y la solución está en nuestras manos.