Autor: Juan José Cataño
En Colombia, como en el resto del mundo, la política se enmarca en la confrontación ideológica. Así debe ser. La política es por naturaleza un escenario de conflicto. En el momento en el que la política pierde su carácter confrontacional, pierde su carácter democrático. La democracia, sin embargo, pierde su carácter constructivo cuando los diálogos que en ella se enmarcan cesan de ser diálogos para convertirse en monólogos agresivos y acusatorios.
Lo anterior es un diagnóstico superficial de un comportamiento que me parece evidente en varios de los candidatos que quieren ocupar puestos de elección popular en nuestras localidades, ciudades, departamentos y demás. No se puede construir un programa de gobierno a partir de la descalificación. Los candidatos o ignoran lo anterior, o por el contrario, están conscientes de ello pero optan por poner sus ideas en el asiento trasero y dejar que el «debate¨ emocional, ruidoso y últimamente destructivo sea el que salga a relucir.
Es de esperar. Las redes sociales, por la misma naturaleza de su contenido efímero, digerible, anónimo y frecuentemente falso, se nutren mas de las declaraciones incendiarias que de la demostración calmada de capacidades para ocupar un cargo público. La descalificación del contrincante es la regla porque la pelea es primicia, la primicia es publicidad, y la publicidad indiferente frente a sus efectos más allá de la difusión.
¿Qué puede decirse de un candidato que gasta el 90% de su tiempo en posición de ataque? En primer lugar, que es incapaz de entablar un debate real. Es falto de elocuencia, de criterio y de creatividad. Es, así mismo, un candidato experto en la politiquería barata. Su incapacidad de entablar un debate es solo la superficie de algo mucho más grave: la ausencia de una base ideológica sobre la cual pararse y a partir de la cual construir propuestas en pro de la comunidad. Es justamente allí, en el vacío que deja la carencia de un interés programático, que entra a jugar el interés individual que abre la puerta al comportamiento corrupto.
¿Qué tienen entonces esta suerte de candidatos? Un atractivo, ciertamente. Un atractivo personalista y carismático que se contrapone al atractivo del competente, el letrado y el coherente. Depende, entonces, de apoyos interesados, de descartar los aportes potenciales de su contraparte y en últimas, de venderse como el «menos peor». ¡Ojo! No dejemos que sea la actitud destructiva la que figure, la que venda, y la que gane. Votemos con ojo crítico, en busca de honradez y primordialmente: de un interés por construir con habilidad técnica y coherencia hacia sus principios.

